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Marinero en tierra

Edición facsímil de la primera edición con numerosas fotografías y dibuos de Rafael Alberti. 1925

Autor Rafael Alberti
Colección Ediciones Especiales
Fecha de edición 2002
Nº páginas 217 páginas
Medidas 18 x 12 x 2 cm.
Acabado Tapa blanda
ISBN 978-84-7522-917-1
  • Esta edición facsimilar de la primera edición de Marinero en tierra, de Rafael Alberti, según el ejemplar en posesión de Aitana Alberti, que perteneció a Mª Teresa León, a quien el poeta se lo regaló, termino de imprimirse en el otoño de 2002, coincidiendo con el centenario del nacimiento del autor.
  • Se incluyen numerosas fotografias y dibujos de Rafael Alberti.
  • Edición en tapa blanda.
  • Dimensiones: 12x18 cm.

Disponibilidad: En existencia

36,00 €

Información

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Descripción

Detalles

      La nostalgia del mar se halla sujeta, de forma indisoluble, a este poemario de 1924, (Premio Nacional de Literatura1924-25) uno de los más difundidos de su autor, y quizá también uno de los más estudiados. En efecto, lo que da la pauta de estos versos es la distancia de una orilla gozosa («El mar. La mar. / El mar. ¡Sólo la mar! / ¿Por qué me trajiste, padre, / a la ciudad?»); distancia que el poeta exterioriza en cada momento como un anhelo («Si mi voz muriera en tierra, / llevadla al nivel del mar / y dejadla en la ribera»). No es casualidad que ese lamento por la lejanía del mar de su infancia, proclamado en un momento de dolor íntimo y físico, haya sido contemplado por diversos autores como una premonición de futuros destierros. En esta dirección, dice  Concha Zardoya  que el escritor añora la costa desde la sierra castellana adonde lo ha conducido su enfermedad, y esa separación «crea la nota honda y doliente que traspasa estos poemas de alegre y joven apariencia». («Poesía y exilio de Alberti», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 485-486, nov.-dic. 1990, p.177).   Es cierto que  Marinero en tierra  supone un retorno a la infancia. Pero, curiosamente, también es un modo de perpetuar por escrito sus imágenes, devolviendo a la memoria la frescura del momento, la intensidad acuática de su escenografía, cruzando los tiempos en que se conjuga cada acción. Despojada de esa servidumbre temporal, el recuerdo se idealiza y penetra en una dimensión mítica, inabordable aunque perenne. Quizá por ello el cuadro que nos presenta es el de un mar benéfico, permanente, que se afirma a sí mismo a pesar de la historia y de los acaeceres de la vida. Un mar al cual sólo cabe regresar verbalizándolo, indagando en su significado esencial, prestándole sentido a través de símbolos que acaban por convertir la infancia en una modulación del sentimiento lírico. En lo que se refiere al lenguaje poético, la obra queda lejos de la espontaneidad irreflexiva. Muy al contrario, analizado en las sucesivas ediciones —y mudanzas— que  Alberti  revisó,   Marinero en tierra  es un conjunto ligado mediante un alto sentido de la madurez poética. Es  Jesús Fernández Palacios  quien destaca las virtudes del engranaje: «Desde “Sueño del marinero”, como prólogo en tercetos encadenados, pasando por los diez sonetos de la primera parte, las treinta y tres canciones de la segunda hasta los sesenta y cuatro poemas de la tercera —introducida esta última parte por una hermosa y alentadora carta de Juan Ramón Jiménez, fechada el 31 de mayo de 1925—, la obra entera se resume como un compendio de tradición y modernidad, donde se mezclan versos endecasílabos y alejandrinos con los de arte menor, las estrofas clásicas con las nuevas canciones, el lenguaje convencional con el experimental, los usos normales con los juegos de palabras, y las comparaciones más elementales con atrevidas, alógicas metáforas». («Marinero en tierra», Cuadernos Hispanoamericanos, n.º 485-486, nov.-dic. 1990, p. 288). El poeta domina los recursos expresivos del cancionero y reclama la herencia de  Gil Vicente  y de otros creadores como él. Ahora bien, nada tiene de extraño que éste sea también un festejo de la ribera gaditana, símbolo de libertad frente a los rigores castellanos. Para  Robert Marrast, responsable de una edición crítica que cabría considerar canónica (Marinero en tierraLa amante. El alba del alhelí, Madrid, Castalia, 1972), ese contraste es calibrado por  Alberti  sin un modelo metafísico preconcebido. Él mismo es quien acuña su marco interpretativo, hecho de asombro y conocimiento. Parece inevitable recordar acá los versos de La amante donde el poeta define esa dialéctica de los paisajes: «Castilla tiene castillos, / pero no tiene una mar. / Pero sí una estepa grande, / mi amor, donde guerrear. / Mi pueblo tiene castillos, / pero además una mar. / Una mar de añil y grande, / mi amor, donde guerrear».

Edición facsimilar de la de editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1925.

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