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Las ocas blancas

Autor Paulina Crusat
Colección Letras madrileñas contemporáneas
Fecha de edición 2009
Nº páginas 330 páginas
Medidas 22 x 16,5 x 2 cm.
Acabado Tapa dura
ISBN 978-84-7522-601-9

Colección Letras Madrileñas Contemporáneas Nº 26

Disponibilidad: En existencia

20,00 €

Información

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Descripción

Detalles

           Arrinconada y olvidada por parte de la crítica durante décadas, la obra de Paulina Crusat (Barcelona, 1900-Sevilla, 1981), compuesta de cuatro novelas, diversas traducciones y numerosos artículos de crítica literaria, constituye una valiosa aportación a las letras españolas del siglo XX. Esta obra se propone rescatarla del anonimato y de contribuir en lo posible a que su labor sea reconocida.

  Paulina Crusat nació el 17 de febrero de 1900 en el seno de una familia acomodada que tenía sus orígenes repartidos entre Suiza y Andalucía. Su infancia y adolescencia transcurrieron en medio de un ambiente culto y refinado en el que no faltaban los continuos viajes al extranjero, ni las veladas en el Liceo barcelonés que tan bien supo retratar en esta novela Las ocas blancas que ahora rescatamos. De esta etapa de su vida, lo más destacable es el influjo que ejercieron sobre la joven sus veraneos en ca l’Herbolari, una masía de estilo modernista, perteneciente a los Bofill i Ferro y situada en Viladrau, que la familia comenzó a frecuentar hacia 1912. Convertida en lugar de reunión de escritores e intelectuales, por l’Herbolari desfilaron, de visita o también de veraneo, casi todos los poetas ilustres catalanes del siglo XX: Guerau de Liost, Josep Carner, Carles Riba, Marià Manent, J.V. Foix, Josep Maria de Sagarra o Salvador Espriu. Paulina Crusat, que contaba doce años cuando descubrió ese paisaje, tuvo entonces ocasión de conocer de cerca a varios de aquellos consagrados, de entablar buena amistad con alguno de ellos y de adentrarse en una atmósfera literaria que propiciaría su vocación de escritora. Sus primeros escarceos como tal se iniciaron en esa época al ganar, en 1912, la “Flor natural” de unos juegos florales organizados en la masía, con su poema “El buen Don Luis de Milano”. Tras una boda temprana en 1917, que le iba a deparar más penalidades que alegrías, y tras el nacimiento de sus dos hijas, se trasladó a Sevilla en 1923, ciudad que ya no abandonaría mas que para realizar esporádicas visitas a Cataluña y en muy contadas ocasiones al extranjero. Sevilla no sólo significó un cambio de ambiente, sino también un cambio de estatus económico que había comenzado a imponerse después de la repentina muerte del padre, acaecida el mismo año de su boda.

  Comenzó su carrera literaria como traductora. Primero dando su voz a la de Jean Moréas en una traducción de los Poemas y estancias que apareció en Rialp (serie Adonais) el año 1950. Poco después, quizá con la intención de recuperar un pedacito de aquellos veranos felices en Viladrau, decidió preparar una Antología de poetas catalanes contemporáneos que salió publicada también en Rialp en 1952. Esta Antología le valió el sincero agradecimiento de muchos escritores y le abrió varias puertas: “Era la primera vez, después de la guerra civil, que aparecían reunidos en un volumen, y en versión castellana, los poetas catalanes de nuestra época, desde Carner a Espriu. Ese éxito consagró a Paulina como una de las más sensibles e inteligentes traductoras de poesía” (Cano, 1981, p. 2). Por entonces, en 1953, comenzó a colaborar con la revista Ínsula, donde enseguida José Luis Cano la puso al frente de una nueva sección denominada “Letras catalanas”. Desde esta sección, tendría la oportunidad de ejercer de embajadora de esta lengua y de difundir la literatura catalana contemporánea al resto de la península. Su colaboración con Ínsula duró quince años, hasta 1968, tiempo durante el cual publicó abundantes reseñas de libros y artículos dedicados, en su mayoría, a escritores catalanes. Junto a su faceta de traductora de poesía y de crítica literaria, surgió en esos años la de novelista, aunque ésta debía venir fraguándose desde mucho antes.

  En 1953 publicó su primera novela Mundo pequeño y fingido, editada por José Janés. En 1956 Aprendiz de persona, seguida en 1959 por Las ocas blancas, las dos en Destino; ambas formaban parte de una misma serie que tituló Historia de un viaje. En 1965 apareció Relaciones solitarias, editada en Plaza & Janés. Revelaba en todas ellas una sensibilidad de novelista que la acercaba más a la mejor corriente de la novela inglesa femenina, con Virginia Woolf a la cabeza, que al realismo social que entonces imperaba en España. El mundo burgués, que recreaba entre sus páginas y que analizaba desde dentro, era duramente criticado por los escritores de novela social de aquel periodo. Ello desmereció su trabajo ante la  mayor parte de la crítica que tachó sus novelas de inactuales y que les dispensó una muy discreta acogida. Los temas que allí abordaba atañían directamente a su experiencia como mujer y al papel que a ésta le tocaba desempeñar dentro de la sociedad; hurgaba en la memoria, en la idea del tiempo fugitivo e irrecuperable, en las relaciones afectivas, en los sentimientos y en las contradicciones del ser humano. Creó, en definitiva, un universo narrativo compuesto de una serie de motivos recurrentes y delimitado siempre por su propio espacio autobiográfico.

  Su labor de traductora continuó en 1956, año en que Ínsula publicó una antología de la Obra poética de Carles Riba, el gran poeta catalán a quien pocos conocían entonces en el ámbito castellano. Muchas de las versiones de los poemas de Riba fueron realizadas por Paulina; otras, en colaboración con Rafael Santos Torroella y Carlos Costafreda. En forma de “Carta a Paulina Crusat”, que iba como prólogo al libro, Riba le agradecía y alababa su admirable labor. Gracias a ella, los poetas catalanes, entonces marginados de la vida cultural de Madrid, tenían al menos una crónica mensual en Ínsula y todos eran conscientes de la gran deuda que habían contraído con la escritora..

  Desde 1956 hasta 1959 colaboró regularmente con el semanario Destino, donde publicó artículos menos enfocados hacia la literatura catalana y más hacia las novedades editoriales del momento. Por esas fechas también participaba en la revista Semana, donde escribía una columna con reseñas literarias de libros recientes. Alternaba así por aquel entonces sus artículos sobre los escritores catalanes con otros sobre Virginia Woolf, Marguerite Duras, Albert Camus o Alain Robbe-Grillet entre los extranjeros o con reseñas sobre los españoles Manuel Halcón, Aquilino Duque, Elisabeth Mulder, Ana María Matute, Mercedes Salisachs o Rafael Sánchez Ferlosio. Fue, precisamente, la polémica suscitada a raíz de la publicación de El Jarama la que desencadenó una interesante discusión literaria entre la escritora y Juan Goytisolo a través de las páginas de Destino, discusión que ocupó varias semanas y que evidenciaba dos posturas muy desiguales en torno al debate de la función social que se le quería asignar a la literatura de aquellos años. Su modo de entender la literatura, tan personal y sin dejarse arrastrar por las corrientes de la época, queda de manifiesto no sólo entre las líneas de esos artículos, sino también en el largo y excelente prólogo que hace a las Obras completas de Manuel Halcón, libro que se publica en 1971 en la editorial Prensa Española. Allí Paulina Crusat ejemplifica y define con soltura y maestría lo más relevante de la obra del escritor al que reseña, pero, sobre todo, elabora un interesante estudio donde establece los puntos esenciales de lo que ella considera el “mundo poético” de un escritor, sobre los que se asienta, según ella, la buena literatura. Un año antes de que aparezca publicado el libro de Halcón, sale a la luz, en la editorial Juventud, una antología de poesía religiosa que lleva por título Voces . El libro es una recopilación de poemas religiosos en distintas lenguas (español, catalán, latín, italiano, francés, inglés y alemán), llevada a cabo por Paulina Crusat y donde se incluye el texto original más la correspondiente traducción al español. Contiene poemas de los mejores clásicos, entre ellos Santa Teresa, Fray Luis, Góngora, Verdaguer, Maragall, Petrarca, Verlaine, Rilke, Eliot, Goethe, etc. Un total de cincuenta y seis nombres más algunos textos anónimos y varios fragmentos extraídos de los Salmos. Un libro “para abrir una y otra vez: los días en que el alma está triste, pero también aquellos en que tiene ganas de cantar” (Crusat, 1970, p. 11), escribe la escritora en su prólogo. Su firma dejó de aparecer a comienzos de los setenta.

  Tras la muerte de sus dos hijas en 1967 y 1969 –una de ellas ingresada en un sanatorio desde los dieciséis años–, su salud se debilitó y, poco a poco, se fue sumiendo en un progresivo aislamiento. No por ello dejó de escribir y, hacia 1973, intentó publicar una quinta novela plagada de referencias bíblicas que envió para su posible publicación a Plaza & Janés. Se le rechazó alegando que una obra tan extensa y de tema religioso difícilmente podía satisfacer el gusto de la época. Por entonces, también se dedicaba a escribir poemas, más alejados éstos de una intención artística y más próximos a una necesidad de desahogo de sus crisis religiosas y de búsqueda de una fe abandonada con los años y recuperada en la última etapa de su vida. Poco antes de morir le entregó esos poemas a su buen amigo y confesor el párroco don José Ruiz Mantero; éste, tras la muerte de la escritora, los recogió en una edición no venal con el dinero que ella le había dejado en herencia. El 29 de mayo de 1981 Paulina Crusat murió en la residencia de ancianos Heliópolis de Sevilla, rodeada de un grupo de fieles amigos, algunos de los cuales –entre ellos Manuel Halcón y Aquilino Duque– le habían dedicado, dos años antes, un sencillo homenaje que fue sin duda una de sus últimas alegrías. Su vida no había sido el camino de rosas que auguraba su dorada juventud en el parque de cedros de l’Herbolari. Estuvo plagada de adversidades y sólo su vuelta a la fe perdida pudo sostenerla y edificarla. En la escritura encontró refugio donde resguardarse de los infortunios y el medio eficaz para evadirse hacia otros mundos y recuperar en ellos la esencia de unos paraísos, ya perdidos para siempre, que dejaría retratados y fijados en sus novelas. La voz de Paulina Crusat se fue apagando tras su muerte hasta quedar definitivamente silenciada y desterrada de los anales de la literatura. Sus novelas, artículos críticos, reseñas literarias y traducciones la convierten, sin embargo, en una escritora de fuste, constante y vocacional que concibió y realizó su obra con arreglo a su propoi criterio sin buscar el halago del público ni el segumiento de las modas.

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